sábado, 6 de diciembre de 2008

Uno de entrada no sabe qué escribir.
Es Sábado y ayer fue San Nicolás. Dentro de dos semanas nos reuniremos toda la familia en Canarias. Y supongo que escribir sobre el pasado o el futuro me lleva demasiado lejos y a ninguna parte.
Klara María bebe, come, está con Mateja. Ya la luz se va. Hay una cierta quietud en la casa. Dejémoslo así.

viernes, 16 de mayo de 2008

El tiempo cambia, es de noche y ella ya duerme.

He apagado la luz porque Mateja duerme. Duerme en el sofá porque le duele la espalda y está más cómoda allí. No sé si el bebé duerme...
Mejor no dar explicaciones de este último año. Mateja duerme y Dios nos ha regalado un vida en común y un bebé que ya tiene más de siete meses in uterus.
Ubuntu, tras su última actualización, ha decidido proseguir su andadura SIN internet. Tendré que repararlo.
Hoy estuve en la sede de los distróficos en eslovenia para dejar mi teléfono: busco trabajo. En el centro de la ciudad había mucha gente bailando; por lo visto hoy celebran el fin de la educación secundaria... no "el final" de la educación secundaria ni tampoco "todos" lo celebran. No se me ocurre cómo escribirlo mejor.
También me pasé por la facultad de geología para enterarme de direcciones de empresas de geología, aunque no me parece que mi futuro vaya por allí.
Volví sobre la una y cociné. Pero la cena corría a cargo de Mateja y eran unos crepes riquísimos.
Mateja es muy dulce. Hemos ido a la Misa de siete; la oficiaba pater Miran. Y nos hemos encontrado allí con María Gaisek. Mateja está agotada porque esta semana sólo hablamos en español...
Me voy a dormir. ¡He descargado la música de Nina Simone!

martes, 22 de mayo de 2007

El aniversario

En Eslovenia ya han pasado más de tres semanas. La lengua llega con un cuentagotas.

Hoy es el décimo aniversario de la Comunidad de l Arche en Slovenia, Barka Slovenia.

Por la mañana Metod, Slavko, Cristina e Irene han tenido, como de costumbre, taller. Nace ha ido a cocinar a la otra casa. Mónica tenía la mañana libre. Hervé andaba de un lado a otro. Para la cena de hoy han venido a cocinar a esta casa Oodil y Manas -o Mansa, o algo así,no me aclaro con el nombre. La primera una señora que puso los cimientos de la Comunidad. La segunda, antigua también, miembro del Consejo.

Después de limpiar escaleras-sálón-baños he inflado globos mientras escuchaba la conversación entre las dos cocineras.

Ahora ya están colgados y explotan con facilidad, los inflé demasiado y el calor los dilata. De repente se oyen explosiones. De repente, pero ya no asustan.

Hay un rato libre antes de continuar:

- ¿Una hora? -he preguntado a Hervé

- No, no tanto... A las 15.05 tenemos que vestir a la gente.

Hervé es un bretón responsable de la casa. Tiene un bebé muy divertido que se llama Jeremiah y una guapa esposa eslovena.

¿Un alto en el camino? Tengo mucho mucho que aprender. Por ejemplo a desentenderme de mis vaivenes y enamoramientos, a no temer ni buscar los dramas.

Ella es la responsable de toda la comunidad. Un mujer admirable.

Tengo una cinta de U2 que escucho cada vez que puedo. El cuarto está cada vez más desordenado y alguna parte de mí se enorgullece de ello. Niñadas.

Sigo trabajando la pintura de la mujer entrando en mi habitación de París. A veces me gusta, a veces me desespera.

El cuarto huele a aguarrás. Duermo en la planta baja. Las puertas vecinas dan a lugares muy diferentes:

- el cuarto de las lavadoras

- el almacén de comida

- el cuarto de la tele

- ¿electricidad?

- nevera y trastos

- trastos s.s.: aún no está acabado el baño de esta planta.

- y otra habitación. Antes dormía allí Mónica pero ahora está en la planta superior y, estos días, la habitación la ocupa María no-sé-cuántos, máxima responsable de l arche en el este de Europa. Fue a ella a quien escribí preguntándole por las necesidades de l Arche por estas regiones. Ella redirigió mi email a Mateja.

Entre ayer y antes de ayer me fui de excursión y mientras construía una especie de tienda con helechos y ramas -temía la lluvia- oí los pasos de un animal y temí sus ruídos… como ladridos malformados. Yo creo, por la forma que tenía de moverse, que era un oso, pero aquí me dicen que es imposible. Tal vez un jabali.

El fin de semana, en Novo Mesto, Matej me contó que en este país hay una cantidad ingente de osos y en aquellas regiones del sur no es raro encontrarlos. Me narró la historia, desde el porche de la choza vecina a su viñedo, que, allí abajo, allá en el valle hacia donde todos los viñedos caen... Allí una vez habían visto los vecinos a una madre y a su niña paseando y, cercano a ellas, cercano desde aquella distancia, desde las alturas que caen al valle, vieron miedo a un oso. Gritaron, gritaron todos los vecinos y ella se puso a salvo bien a tiempo. Matej era muy pequeño pero aquello le impresionó. Imagino que estaría con su padre, quien ya ha fallecido. Ahora vive con su madre y su perro Ul. El perro es humano, tiene unos ojos castaños muy bonitos.

Quedan dos minutos para la hora acordada. Desde mi ventana veo el coche de Hervé, que venia y se ha parado un momento para charlar con Mateja que le venía al encuentro y a quien yo seguía con la mirada.

domingo, 29 de abril de 2007

Tres en venecia

Venecia se fue llenando de luz. A medida que el día avanzaba, las nubes matutinas se fueron y quedó un tiempo espléndido. Él se las ingenió para guardar algunos bultos en un jardín, cerca de la plaza de san marcos.

Luego caminó y vió calles, canales, barcos, turistas e iglesias. Por fin tuvo hambre y volvió, no sin antes haber escrito a Francisco desde un café. Su hermano.

Comió una pizza antes de llegarse a la estación. Y allí recuperó los bolsos y, descubriendo la sala de espera y encufes disponibles, se quedó sentado y leyendo y recargando el móvil y durmiendo con la boca abierta, vecino a una señora que luego resultó ser simpática, gorda, madura... y, con todo, polaca.

Despertó y aún quedaban muchas horas antes del tren. Fiándose en silencio de la polaca y rezando a su ángel custodio -quien nunca le falló- se marchó a dar un paseo.

Tal vez su vocación tuviera que ver con hacer visitas al Señor del universo en todas las iglesias del mundo. Ya había ido a Misa en San Marcos. Pero en las nuevas andadas tras la siesta, visitó otras zonas y otras iglesias.

Era una iglesia de planta redonda y una gran cúpula verde, enfrente de la estación al otro lado del canal. Y la había visitado mientras iba en un sentido, no habia más que una monja rezando y, esporádicamente, grupos de turistas. Pero a la vuelta a la estación entró otra vez: el sacerdote adoraba en silencio al Santísimo. Se quedó allí. No hubo bendición, o ya había sido, y el cura, una vez hubo regresado a Jesús, comenzó a preparar la Misa.

Él entró en la sacristía y se prestó a ayudar. El sacerdote era alemán, se llamaba Conrad, y le avisó que era en latín y con el rito antiguo. Bastaba, pues, conque tocara la campanilla en dos momentos y vigilara a los turistas.

La campanilla había de ser tocada en el Sanctus y en la Consagración.

En el exterior de la iglesia hay unas escaleras amplias, soleadas y, en aquel momento y entre otros muchos que allí se sentaban, habianse unos músicos callejeros.

El cura entró con un gorro negro coronado por una especie de pelusa. En sus manos llevaba el cáliz y los telas de las que había de servirse. La música penetraba en la iglesia y el sacerdote apenas susurraba la misa en latín dirigiéndose hacia...

Todo el rato te hablaba a Ti, era una Misa de intimidad entre Tú y él, aquel viejecito alemán enamorado de la última Cena y de tus palabras "quien no come mi carne..." y de tu entrega "nadie tiene más amor que aquel que da su vida...". No entiendo qué mandamiento cumplíamos con la Misa, no sé qué caridad se hacía allí efectiva, qué cristianismo se encarnaba en obras.

Imagino que era más allá de la ley de la naturaleza, imagino que ésa es la Buena Nueva: "buscad el Reino de Dios y lo demás se os dará por añadidura".

Éramos tres en Venecia. Ninguna obra de arte, ninguna de las bellezas y riquezas humanas de las que allí se disfrutan, me dió tal sentimiento de alegría.

Estaba en tu Misa porque el viejecito te amaba tiernamente.

A la vuelta una señora subía pesadamente su equipaje por las escaleras de la estación. La ayudé alegremente porque no me contenía.

Qué feliz me haces Jesús.
La ciudad de las colinas

Cuando volvia de la recepción del camping ya anochecía y se encontró, entre verdes matojos, a un gato blanco que le miraba con esa cara que tienen los gatos. Tienen un rostro y eso es algo muy curioso.

Era un gato blanco y se miraron con esa proximidad que la natuleza da a todos sus hijos y con toda esa lejanía que se tienen los primos que nunca se podrán encontrar del todo.

Había tomado un café italiano, ilusionado porque al día siguiente podía partir con un nuevo rumbo, ilusionado porque la brújula había dejado de oscilar con su volubilidad y temblaba la aguja apuntando hacia eslovenia. Y, aún sin café, tal vez tampoco se hubiera dormido porque la noche era muy bonita, primero no había nubes y luego sí, las había, pero la temperatura era agradable, él sentía que era tan agradable la noche que no merecía el trabajo de acostarse. Y lejos, entre esos grandes coches que llevan la casa dentro, se deslizó una sombra grande, tan grande que no podía ser otra cosa que un buen gato de cola peluda. En la sombras de los árboles no lo veía, en los pradillos más ilmunados no lo veía tampoco, pero lo presentía, captaba un movimiento que estaba en el límite de su capacidad visual porque apenas le llegaba la imagen. Así que enfocó en los alrededores de ese movimiento, de esa perturbación de la noche, para que el rabillo de su ojo, más acostumbrado a esa falsa visión, trabajara.

Tal vez fuera el mismo gato que antes se cruzó, pensó, blanco y con un rostro tan expresivo, ahora atravesando la noche.

Roma es una ciudad llena de colinas desde donde se deja ver, antigua y presumida. En la elevación -colinita- de San Juan Letrán el Papa ofició la Misa del Jueves Santo y el viajero se enamoró de una polaca. Luego la vió, luego te vi, en la cola de la Vigilia Pascual, pero ella fingió no reconocerle cuando aquel aspeó los brazos y sonrió.

Roma está llena de turistas. El tiempo es espléndido.

¿Qué estaría haciendo el gato que no dormía?
Dormir en París

No tenía ningún lugar donde dormir y por eso estuvo buscando por la ciudad, dando vueltas con la bici. Tal vez como una despedida, tal vez buscando una seguridad, acabó enfrente de Notre Damme.

La bici y él, reclinados en un banco de piedra blanca y fría. Entonces se acercó un mendigo con la barba blanca y grandes bolsas debajo de los ojos, zigzageando con los pies, gordo y borracho.

- ¿Tu es un turist?

Él negó con la cabeza

- ¿De Paris, tu travailles à Paris?

Negó otra vez

- ¿Tu es dans la rue?

En la calle, era eso. Se lo dijo al de las barbas.

- Pour cette nuit, oui.

El otro calló otro momento. Luego cambió de discurso. "Si estás en la calle, claro que no tendrás nada que darme". Ahora eran lo mismo, dos hombres frente a un problema común.

- ¿Tu sais où est-ce que tu vas dormir?

Dijo que no, otra vez, con la cabeza.

Aquel viejo borracho le dijo entonces de un lugar, justo allí debajo, en el garaje. Bastaba conque fuera con aire de propietario, que entrara en el garaje como si fuera lo más normal del mundo. Y luego podría dormir alli, por lo menos hasta las seis de la mañana. A las seis hacían la guardia.

El viajero le preguntó por las grandes estaciones de tren. ¿Es que estaban abiertas toda la noche?

- Oui, oui ... -reflexionó el otro- mais il y a de mauvaises personnes...

- Des personnes qui volent?

- Oui, oui...

Luego el viejo borracho se despistó porque pasaba gente delante de ellos y, a cada uno que pasaba, le pedía dinero; con otros bromeaba, lanzaba piropos a las chicas con pareja. Dos japonesas llegaron corriendo a ver la Iglesia y él se puso a planear detrás de una de ellas, jugando.

El viajero se fue a su antiguo barrio. La puerta al patio estaba cerrada, era tarde y nadie abriría.

Dio otra vuelta con la bici y recordó la quai de la seine. Fue allí con la bici y encontró un puente oscuro, solitario, enfrente de una pequeña estatua de la libertad. No olía demasiado a meado y estaba al abrigo de las miradas.

Aparcó la bici y fue a dormir. Metió todas las posesiones dentro del saco y utilizó el calzado como una almohada.

Dormía en la calle porque habia acudido a un amigo. Pero este no quiso recibirle de buen grado, su cobijo costaba la humillación del inferior y el viajero no lo quiso. Mundo ingrato.

Y cuando despertó a la mañana siguiente, debajo del puente y bien reposado, descubrió que un alma había allí dejado diez euros, debajo de dos piedras, dinero para aquel que dormía todo metido en un saco de dormir, sin nada a la vista que le perteneciera más que el cuerpo y el saco. Y nadie.

¿Quién? ¿Cómo llegó allí el extraño? El viajero rezó por aquella persona, agradecido, y con pequeñas piedras quiso escribirle un mensaje, allí donde había estado el billete:

"Merci"
El elemento más importante del viaje:

Tú, Señor, siempre tú. Me enamoro, me creo el mejor, soy el viajero y el triunfador... ¡qué rápido te olvido! No hay viaje, no hay nada más que el vacío que se cierne sobre la vida y tú, Señor, que das todo el sentido aún en las tinieblas. Vivamos y moramos, sí, porque tú estás aquí y todos los miedos del camino, todas las bestias que se esconden en la imaginación y en las sombras del camino, se envancenen, humo, historia, sólo queda el hoy, intenso, lleno de color porque tú estás ahí, tú, mi amor, tú mi esperanza, tú mi sentido porque si no... ay, qué fácil te olvido.