domingo, 29 de abril de 2007

La ciudad de las colinas

Cuando volvia de la recepción del camping ya anochecía y se encontró, entre verdes matojos, a un gato blanco que le miraba con esa cara que tienen los gatos. Tienen un rostro y eso es algo muy curioso.

Era un gato blanco y se miraron con esa proximidad que la natuleza da a todos sus hijos y con toda esa lejanía que se tienen los primos que nunca se podrán encontrar del todo.

Había tomado un café italiano, ilusionado porque al día siguiente podía partir con un nuevo rumbo, ilusionado porque la brújula había dejado de oscilar con su volubilidad y temblaba la aguja apuntando hacia eslovenia. Y, aún sin café, tal vez tampoco se hubiera dormido porque la noche era muy bonita, primero no había nubes y luego sí, las había, pero la temperatura era agradable, él sentía que era tan agradable la noche que no merecía el trabajo de acostarse. Y lejos, entre esos grandes coches que llevan la casa dentro, se deslizó una sombra grande, tan grande que no podía ser otra cosa que un buen gato de cola peluda. En la sombras de los árboles no lo veía, en los pradillos más ilmunados no lo veía tampoco, pero lo presentía, captaba un movimiento que estaba en el límite de su capacidad visual porque apenas le llegaba la imagen. Así que enfocó en los alrededores de ese movimiento, de esa perturbación de la noche, para que el rabillo de su ojo, más acostumbrado a esa falsa visión, trabajara.

Tal vez fuera el mismo gato que antes se cruzó, pensó, blanco y con un rostro tan expresivo, ahora atravesando la noche.

Roma es una ciudad llena de colinas desde donde se deja ver, antigua y presumida. En la elevación -colinita- de San Juan Letrán el Papa ofició la Misa del Jueves Santo y el viajero se enamoró de una polaca. Luego la vió, luego te vi, en la cola de la Vigilia Pascual, pero ella fingió no reconocerle cuando aquel aspeó los brazos y sonrió.

Roma está llena de turistas. El tiempo es espléndido.

¿Qué estaría haciendo el gato que no dormía?
Dormir en París

No tenía ningún lugar donde dormir y por eso estuvo buscando por la ciudad, dando vueltas con la bici. Tal vez como una despedida, tal vez buscando una seguridad, acabó enfrente de Notre Damme.

La bici y él, reclinados en un banco de piedra blanca y fría. Entonces se acercó un mendigo con la barba blanca y grandes bolsas debajo de los ojos, zigzageando con los pies, gordo y borracho.

- ¿Tu es un turist?

Él negó con la cabeza

- ¿De Paris, tu travailles à Paris?

Negó otra vez

- ¿Tu es dans la rue?

En la calle, era eso. Se lo dijo al de las barbas.

- Pour cette nuit, oui.

El otro calló otro momento. Luego cambió de discurso. "Si estás en la calle, claro que no tendrás nada que darme". Ahora eran lo mismo, dos hombres frente a un problema común.

- ¿Tu sais où est-ce que tu vas dormir?

Dijo que no, otra vez, con la cabeza.

Aquel viejo borracho le dijo entonces de un lugar, justo allí debajo, en el garaje. Bastaba conque fuera con aire de propietario, que entrara en el garaje como si fuera lo más normal del mundo. Y luego podría dormir alli, por lo menos hasta las seis de la mañana. A las seis hacían la guardia.

El viajero le preguntó por las grandes estaciones de tren. ¿Es que estaban abiertas toda la noche?

- Oui, oui ... -reflexionó el otro- mais il y a de mauvaises personnes...

- Des personnes qui volent?

- Oui, oui...

Luego el viejo borracho se despistó porque pasaba gente delante de ellos y, a cada uno que pasaba, le pedía dinero; con otros bromeaba, lanzaba piropos a las chicas con pareja. Dos japonesas llegaron corriendo a ver la Iglesia y él se puso a planear detrás de una de ellas, jugando.

El viajero se fue a su antiguo barrio. La puerta al patio estaba cerrada, era tarde y nadie abriría.

Dio otra vuelta con la bici y recordó la quai de la seine. Fue allí con la bici y encontró un puente oscuro, solitario, enfrente de una pequeña estatua de la libertad. No olía demasiado a meado y estaba al abrigo de las miradas.

Aparcó la bici y fue a dormir. Metió todas las posesiones dentro del saco y utilizó el calzado como una almohada.

Dormía en la calle porque habia acudido a un amigo. Pero este no quiso recibirle de buen grado, su cobijo costaba la humillación del inferior y el viajero no lo quiso. Mundo ingrato.

Y cuando despertó a la mañana siguiente, debajo del puente y bien reposado, descubrió que un alma había allí dejado diez euros, debajo de dos piedras, dinero para aquel que dormía todo metido en un saco de dormir, sin nada a la vista que le perteneciera más que el cuerpo y el saco. Y nadie.

¿Quién? ¿Cómo llegó allí el extraño? El viajero rezó por aquella persona, agradecido, y con pequeñas piedras quiso escribirle un mensaje, allí donde había estado el billete:

"Merci"
El elemento más importante del viaje:

Tú, Señor, siempre tú. Me enamoro, me creo el mejor, soy el viajero y el triunfador... ¡qué rápido te olvido! No hay viaje, no hay nada más que el vacío que se cierne sobre la vida y tú, Señor, que das todo el sentido aún en las tinieblas. Vivamos y moramos, sí, porque tú estás aquí y todos los miedos del camino, todas las bestias que se esconden en la imaginación y en las sombras del camino, se envancenen, humo, historia, sólo queda el hoy, intenso, lleno de color porque tú estás ahí, tú, mi amor, tú mi esperanza, tú mi sentido porque si no... ay, qué fácil te olvido.
Troyes

La ciudad fría

En la ciudad fría las gentes huían de las calles y las iglesis enegrecían sus soportales; allí los coches eran fantasmas y las casas de colores no tenían pintura sino el maquillaje trasnochado del cansancio y de la fatiga.

En el día de mercado todas las almas de la ciudad se centraban en la plaza. Las manzanas y las naranjas y los plátanos y los ahuacates verdes rasposos y la ropa encogida y los relojes chatos y la lluvia y el día que se escondía bajo el agua, todo gris y diciendo "mira, mira el invierno"

Una sirena. La habitación del hotel estaba llena de espacio y de tedio. Seguía lloviendo.

En la ciudad fría el agua caía como una rutina húmeda siempre inacabada.
El hombre que alimentaba a su zapato

En un gastado Mac Donald de carretera, en las afueras del pueblo, todos los jóvenes se reúnen. Hay que haber abandonado la juventud para apreciar toda la fuerte y ridícula vanidad de los adolescentes. Todos los que por allí pasamos olvidamos rápido los tiempos dedicados a la reflexión sobre nuestros cuerpos, nuestros gestos y, en definitiva, sobre nuestra apariencia. La vida se vive entonces como una gran pieza de teatro en la que hay que batirse para conservar el estrellato o, al menos, para no caer en papeles de los que parece que no hay salida.

En este Mac Donalds anochecía en un marzo de tiempo variable, pues, según la hora, el día se tornaba ora en lluvioso, ora en soleado. Eran las siete de la tarde. El viajero fatigado por la jornada entró allí buscando comida rápida y familiar.

Aún no se había del todo saciado cuando los vio. Eran tres jóvenes sentados en una mesa; sobre ella reposaban desordenados los restos de su cena. En ese momento hablaban despreocupadamente. Nadie les prestaba especial atención, todos los otros jóvenes los conocían y, por ello, los ignoraban. Si acaso, era la mugre del viajero lo que más podía entre todo resaltar ... en aquel día de marzo cuando el sol ya se ponía.

El viajero no daba crédito a sus ojos. Uno de los jóvenes, de brillante negra piel y con dorados pendientes deslumbrando en sus orejas,habia, el tobillo de una descansaba sobre la rodilla de la otra. Con los restos de la cena, aquel joven nutría a la suela de su zapato con los restos de la comida: con patatas y ketchup; y con las migas y los trozos del blando pan de la hamburguesa.

No había engaño posible. Su mano agarraba los restos de la cena y se los alcanzaba a la suela de su zapato, quien a su vez los mordía fiera y estúpidamente. Los hacía desaparecer.

Nadie prestaba atención; menos que ninguno el portador del zapato. Imposible precisar si el joven era el amo o el esclavo, tan voraz, cruel e indiferente era la negra suela.

El viajero creyó estar soñando.
Primeras etapas

No era la idea la de hacer un diario. No quiero hacer un viaje sino ir hacia tus manos, Señor. Hoy he llegado a Coulommiers, a poco menos de 100 km de parís. Estaba cansado de París. Ahora he entrado en un Mac Donalds. Son las 19 20 y anochece. Quiero ir donde tú quieras que vaya. Y estar contigo. Y ser feliz.

viernes, 9 de febrero de 2007

Y en un mes ...

Será marzo y me iré de París. A día de hoy, sólo tengo algunas ideas sobre el destino, algunas ideas y nada cierto.

La gran experiencia de Francia fue un monasterio: la abadía trapense de Sept-Fons. El hermano portero era frère Joachim. Yo quería ir al retiro con la gente de chemin-neuf , pero todos mis intentos se fueron al traste y, considerando el fracaso como Signo, escribí a frère Joachim. Tenía las coordenadas del monasterio gracias a Radek.


Viví con ellos durante cinco días, incluyéndose en ellos la celebración de mi treinta y un cumpleaños. No tenía dinero y trabajé con los monjes. Ellos sobreviven cultivando la tierra, los campos, produciendo mermeladas, mieles, avena y productos ecológicos en general. Leí allí una oración preciosa:

Ma vie s'écoule, grâce à vous, Seigneur, selon une remarquable continuité d'épreuves et d'abandons forcés, sans clairières, presque san clartés. Pourtant, par-dessous ces maux, vous avez tout de même réussi à me faire parvenir les deux ou trois biens que je m'imaginais atteindre par l'audace et le succès, et qui sont arrivés tout doucement par le silence et l'acceptation. Il faut oser dire: "tant pis" à tout abandon humain, pour pouvoir dire à toute offre divine: "je prends, je suis preneur". Ces deux ou trois grâces, qui'il me semble avoir reçues, n'en font peut-être qu'une seule? A la fois tellement peu et tellement tout; nourriture de famine, manne trop légère et, à la fois, surabondante raison de vivre et d'espérer. Si elle m'avait manqué, cette grâce, celle-là précisément, la belle, la désirée, la merveille, tous les succès imaginables ne m'auraient pas dédommagé de ce manque. Et avec tous les succès, j'aurais été, aujourd'hui, devant vous, mon Dieu, plein de regrets et presque de colère; alors qu'avec toutes ces épreuves -et avec cette grâce-là, l'irremplaçable- je suis heureux maintenant et je vous aime. Vos virages sont serrés, vos coups de frein sont durs, mais vous conduisez joliment bien!
Et vous m'avez mené, avec la plus parfaite précision, exactement à l'endroit où, dans mon ambition la plus gratuite, je désirais aller. Non pas vers des délices sensibles ni spirituelles, mais vers un amour pour vous, fondé en vérité et capable de durer.

Père M-Jérôme

De todas las cosas vividas con el Señor, sin duda en esta ocasión el velamen me lo ha orientado de una forma mucho más sutil, sin tanto ruído de sentimientos, hacia un camino que me encanta. Tal vez sea otro paso más en la vida de los hombres, otra marcha hacia la madurez, pero existe un nuevo ingrediente en la forma que tengo de entender la vida. Tú, Señor, estás ahí en cada momento. Ese siempre contigo tiene mucho dentro. Mucha enjundia.

Luego del retiro me asusté con lo somero de mi colchón económico... era una capa cada vez más fina, sin ingresos que compensaran el tren de vida parisino. Pero han ido saliendo nuevos estudiantes, nuevos ingresos, y Felipe Basabe me ha dado un par de remplazos en el Cervantes que me permiten, en este último mes, respirar tranquilo.

Vinieron Moncho y Ana. Me encantó tenerles aquí; y eso que tuvimos discusiones bobas pero, al cabo, les echo de menos. Cambiamos en la vida y en el tiempo, imagino, no paramos de cambiar porque no paramos de resoñar nuestras ambiciones.

Hace dos días mamá volvió a casa. Estuvimos en un montón de sitios, hicimos muchas cosas y lo pasamos la mar de bien. En el aeropuerto, en Charles de Gaulle, allí sí que se me anudaron los intestinos cuando la veía marcharse, tan ricamente, pequeña y dulce.

También está ahora en casa Gino, que re-comienza su vida en París. Por las tardes le echo de casa para poder estar solo y trabajar a mi aire. Me siento culpable pero éso es algo que nunca ha definido nada.

Tengo un horario que cumplir.